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P.
TOMÁS MORALES. FUNDADOR
El
Instituto Berit de la Familia recoge el legado del P. Morales, pionero
precursor e impulsor desde 1946 de un laicado comprometido con las
realidades temporales desde una profunda comunión eclesial. Formador
incansable y animador fecundo de obras, orientó su actividad a la formación
de la juventud, a la que comprometió todos sus afanes y energías.
Siempre entendió su carisma como continuación de esa tarea de forja
amorosa iniciada en la familia, y no fue casualidad que su primera obra se
llamase "El Hogar del Empleado", y muchas de las posteriores
fuesen Hogares, que transmitiesen el calor de una vida de familia,
centrada en el amor a Dios y a los hombres.
Es
simbólico que 52 años más tarde, tomando como punto de referencia 1946,
rememorando el comienzo de su obra en Madrid como Jesuita, sus hijos e
hijas espirituales hagan fructificar para la Iglesia un nuevo Instituto,
dedicado con exclusividad al servicio de la familia, desde las propias
familias, en cuyo seno se resuelve el destino de la humanidad en el tercer
milenio.
La
juventud que se formó a su sombra en su dilatada vida apostólica
protagonizó el nacimiento de los Hogares de Santa María, continuidad
biográfica y secuencial de un movimiento y una espiritualidad que requería
por su propio dinamismo invadir el ámbito familiar y enlazar el presente
con el futuro, para extender una civilización del amor. Un paso más en
el seno del Movimiento, llega ahora, con el INSTITUTO BERIT DE LA FAMILIA,
como voluntad de recoger un testigo y una antorcha de quién suplicó en
su vida con ánimo encendido "Llénanos (...) de nuevas inquietudes y
planes, y de comprensión alentadora para los que vengan a recoger de
nuestras manos la antorcha de tu vigilia larga.".
Con
su visión preclara, el Padre nos ha instado a vivir la humilde pedagogía
de lo cotidiano, en la construcción de los valores y de la propia vida:
"Consiste en valorar lo que es esencial y en guardar lo que no debe
perecer, pero levantando siempre la cabeza al eterno frescor de cada nueva
alborada. Pies en la realidad, pero la mirada clara y lejos. A la luz del
Espíritu, oteando siempre los signos de los tiempos, en los renovados
amaneceres de una humanidad que no se detiene en su marcha hacia Dios. Al
calor de ese mismo Espíritu escuchando sin cesar los toques íntimos.
Nunca se cansa de tocar los corazones para
"renovar la faz de la tierra" (Sal. 103, 30). Hontanares
abiertos a todos los vientos, pero ocultándose en las faldas de las montañas
cimentadas en lecho de granito."
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