|
«El
P. Morales ha sido sin duda un gran hombre a través del
cual el Espíritu del Señor le regaló a la Iglesia una
gracia extraordinaria, un carisma de esos de los que habla
el Vaticano II, como formas típicas de llevar a través de
personas individuales riquezas no sólo para algunos, sino
para toda la Iglesia, un carisma "social" si vale
la expresión»
Excmo.
y Rvdmo. D. Antonio Mª Rouco Varela.
Cardenal-Arzobispo
de Madrid.
«A
la formación de la juventud dedicó su vida entera:
Ejercicios Espirituales, Círculos
de estudio, actividades sociales, ... y su paciente entrega
en el confesionario y dirección espiritual. Sabía que en
los jóvenes está el fundamento de la sociedad futura.
Les
conocía y confiaba en ellos, sabia que en su corazón late
un héroe, un santo, y que con amor, es decir, con exigencia, comprensión y
paciencia, es posible despertar
sus valores de generosidad y valentía. La formación del
laicado era una obsesión en el Padre. Por el valor que
tiene en sí misma y porque sin ella no ha vocaciones.Y
el P. Morales fue dócil a la luz del Espíritu Santo en la
dirección espiritual para conducir a cada alma, según
peculiares características al lugar donde Dios la quería:
matrimonio o virginidad, de carácter sacerdotal, religioso
o laico».
Lydia
Jiménez González, Dra. Gral. del I. S. Cruzadas de Santa
María, Madrid
«El
P. Morales, ese testigo de Cristo para los nuevos tiempos, es quien sigue
impulsando ese celo apostólico en los jóvenes y en los no tan jóvenes, hasta
el punto de dejarlo todo para seguir a Cristo. Es él quien sigue infundiéndonos
el amor a la Virgen María, al Papa, a la salvación de las almas. Yo sé que el
Padre estará siempre a mi lado, presente en mi vida, en mi camino hacia el
sacerdocio, pues él –Dios por medio de él- fue quién empezó esta obra en
mí...
Tres cosas hay en mi vida que le
debo al P. Morales. La primera es una gracia muy especial: gracias a él conocí
a la que hoy es Beata M. Maravillas de Jesús... La segunda, encauzar mi vocación
sacerdotal... Por último, el gran ejemplo de obediencia a la misteriosa
voluntad de Dios. Hasta el último día cumplió lo que Dios le pedía».
Pablo
Fernández López-Peláez, L.C., Ontanera, Santander.
«El
poco tiempo que traté al P. Morales dejó en mi alma una huella profunda a la
vez que muy dulce. Era el director espiritual ideal. Sus palabras
sencillas,
breves y tajantes, tenían fuego, este fuego, señal de una vida santa, llena de
Dios, que ardía continuamente en amor a Jesucristo, sabía imprimirlo en las
almas con esa normalidad y sencillez que le caracterizaban. Su persona seria y
grave, a la vez que paternal, inspiraba respeto y una total confianza. Oírle
era oír al mismo Jesús. Sus consejos tan claros y acertados, y esa atmósfera
sobrenatural que le envolvía, te hacían ver en él al Maestro divino. Su paz y
su sonrisa, su serenidad y aplomo, reflejaban lo que en realidad es un alma
santa».
Hna.
Ana María del Corazón de Jesús, O.C.D., Segovia
«¿Qué
diferenciaba al P. Morales de resto de mis amigos?
Sin duda alguna, la fe. Esa fe que mueve montañas y que ha
conseguido que sus obras alcancen metas insospechadas.
Esa
fe proporciona la alegría de la Esperanza y que nos anima a
luchar, cuando buscamos difíciles objetivos. Esa
fe que se traduce en Caridad y nos hace tender la mano, sin
esperar nada a cambio, cuando vemos a Jesucristo en el
necesitado».
José
M. Aguirre González, Madrid
|