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Evangelizador de los jóvenes -sus predilectos- el
Siervo de Dios comprendió que la riqueza del Evangelio de Cristo fructificaría
mejor si la semilla arraigaba en personalidades ricas en valores humanos. Toda
su dilatada vida estuvo dedicada a la formación de hombres y mujeres, con la
mirada puesta en la promoción del laicado dentro de la Iglesia, suscitando
educadores y guías de otros, no tanto teóricamente cuanto autoeducándose
siempre. Forjar hombres porque "sin la acción y testimonio del laicado, el
Evangelio no puede impregnar toda la vida humana y ser llevado a toda la vida de
la sociedad" (Juan Pablo II, 11-10-1985, 15).
Educó en función del Evangelio, es decir, de servir y dar
la vida por los demás. Por eso su acción se fundamentó siempre en tres
realidades sobrenaturales: la Sagrada Escritura (Dios hecho Palabra), los
santos (Palabra hecha vida en hombres como nosotros), y el Magisterio de la
Iglesia, luz segura en el camino.
La larga y fecunda experiencia de muchos decenios formando
hombres y mujeres la plasmó el Siervo de Dios en Laicos en marcha
(Madrid 1984, 3 ed.) y en Forja de hombres (Madrid 1987, 4 ed.),
"unas técnicas extraídas de la cantera viva de la realidad, del conocimiento de
la vida, del bucear hondo en el corazón de tantos jóvenes, del pensar profundo
en muchas horas de silencio y soledad fecunda", que brindó "a todos los
formadores de la juventud, desde el padre de familia, el maestro o educador,
desde el sacerdote director de almas hasta el laico militante, fermento en la
masa" (Forja, p. 4). Experiencias y enseñanzas que ofreció con amor
fraternal, al acercarse un Sínodo 1987 que profundizaría "en la misión del laico
en el mundo, a cuantos con Cristo y en Cristo forman la Iglesia o pueden
incorporarse a ella. Las brindamos en especial a cuantos, conscientes de la
urgencia del momento, van cayendo en la cuenta de que la movilización del
laicado con ímpetu misionero es quizá el problema pastoral que más acucia a la
Iglesia para la evangelización valiente y eficaz del mundo", de una juventud que
quiere ser formada en el heroísmo. Exige que no se la defraude. Pide un
Evangelio íntegro, no adulterado, que le comunique la fuerza sobrenatural para
seguir a 'Jesucristo, y Éste crucificado'(I Cor, 2, 2). Esta convencida
de que "vivir como cristiano significa con frecuencia ir contra corriente,
contra la mentalidad en boga", que "no es fácil ser coherente con la fe
en la sociedad de hoy, saturada de materialismo y permisividad" (Juan Pablo II,
12-8-1984, 7).
Laicos en marcha y Forja de hombres se hacen
eco de las enseñanzas de un Concilio; pretende que todos los laicos caigan en
lacuenta de que "muchos hombres no pueden escuchar el Evangelio, ni conocer a
Cristo, más que por sus hermanos seglares" (Concilio Vaticano II, Apostolicam
actuositatem, 13). Contribuirá a barrenar "la mentalidad negativa del
cristiano que no quiere complicaciones, que no se ocupa del bien de los demás"
(Pablo VI, 23-3-1966). En esta "hora de los laicos", en la coyuntura
histórica en que los seglares tienen que convertirse en "puente entre la Iglesia
y la sociedad" (Pablo VI, 3-1-1964), "ningún cristiano está exento de su
responsabilidad evangelizadora, ninguno puede ser sustituido en las exigencias
de su apostolado personal. Cada laico tiene un campo de apostolado en su
experiencia personal" (Juan Pablo II, Toledo 4-11-1982).
En cuatro puntos cardinales expone el Siervo de
Dios el resultado de su actividad apostólica y pastoral. Mística de exigencia,
espíritu combativo, de lucha con uno mismo en orden a la perfección, cultivo de
la reflexión y constancia en nuestras determinaciones y actos de la vida
cotidiana. Los dos primeros valores están muy en consonancia con la radicalidad
del mensaje evangélico. Los otros dos, enraizados en lo más profundo de la
persona, hacen posible que florezcan los primeros. Han de darse todos juntos a
la vez. Será una labor de toda una vida.
1. La exigencia que el Padre Morales prospecta ha de reunir
ciertas condiciones: flexible, amorosa, razonable. Para forjar este valor el
Siervo de Dios propone un medio experimentado en la cantera viva de la realidad:
un plan de vida que se concreta en pequeños detalles reales, prácticos,
comprobables: "El cumplimiento del deber se inculca por los pequeños detalles.
El que no sabe cuidarlos, jamás será educador ni organizador. No se trata de la
preocupación nimia y reglamentarista que achica el espíritu en lugar de
dilatarlo. Es la conciencia del deber en todas sus manifestaciones por
insignificantes que parezcan" (Forja, p. 48)
2. " El espíritu combativo es una actitud interior que
empuja al hombre, abierto a la acción del Espíritu, a estar en continua y serena
tensión de voluntad, librando constantemente una gran batalla consigo mismo" (ibid,
p. 174), que se forja viviendo los propios ideales: "hay que enseñarles a
luchar, a vencer dificultades, a sufrir persecuciones e injusticias, pues las
ideas no se comprenden hasta que no se empiezan a vivir... hay que enseñar a los
jóvenes a saber fracasar, a no arredrarse ante el miedo, a no dejarse bloquear
por sus limitaciones" (ibid, p. 177, 179).
3. "Enseñar a pensar con profundidad, orden y nitidez es el primer
objetivo del educador... Enseñar a descubrir la verdad por si mismo,
encauzándole para que no se despiste. Es obligarle al esfuerzo para que
experimente la alegría íntima de encontrar la verdad... El cultivo de la
reflexión en la juventud es indispensable para formar hombres que
desarrollen ambiciosamente su personalidad, potencien y enriquezcan ese yo
íntimo, peculiar, característico que Dios da a cada uno. Menospreciar esta
vertiente en la educación es hacer marionetas, no forjar hombres" (ibid,
p. 406).
4. Si la reflexión hace referencia al cultivo y enriquecimiento de
la capacidad racional del hombre, la constancia apunta hacia su voluntad,
esa capacidad de querer el bien. En su itinerario pedagógico van
inseparablemente unidas. "Reflexión y constancia te suministran los pies para
andar por la selva de los intrincados valores humanos que tienes que descubrir y
potenciar... Si no las cultivas, te quedarás siempre enano... Los demás valores
no tendrán dónde asentarse, si reflexión y constancia no son los capiteles
robustos en que se apoyan" (Coloquio familiar, p. 14). A los jóvenes el Siervo
de Dios daba estos consejos para orientar sus esfuerzos: querer pocas cosas, no
fantasear, no cansarse nunca de estar empezando siempre pues es en la
continuidad donde se dan a conocer las almas grandes, poco a poco, y, sobre
todo, no desanimarse nunca pues el desánimo es excusa de los cobardes (ibid,
p. 43-44).
Otros siete artículos perfilan y completan
los cuatro puntos cardinales de Forja de hombres; son artículos para
un código de formación de juventudes, de laicos "llamados a procurar el
crecimiento de la Iglesia, a hacerla presente y operante en los lugares y
condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra sino a través de ellos"
(Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 33) que el Siervo de Dios recogió
en Laicos en marcha. Una técnica avalada igualmente por la experiencia:
hacer-hacer; renunciar a la prisa; no dejarse encandilar por mesianismos
sociales y políticos; no convertirse en organizador de diversiones; amplitud
ecuménica en la mentalidad y en la acción; primacía de la vida interior.
Así forjó y así continúan forjándose a la luz y al calor de sus enseñanzas padres,
maestros, educadores, profesionales... empeñados en edificar con entusiasmo un mundo mejor.
Si el Siervo de Dios lo llevó a cabo fue porque
reunió estos elementos en su persona: maestro y testigo, padre forjador
del carácter. Reunió los rasgos del maestro: ejemplaridad, en cuanto que jamás
exigió nada que no viviera él primero; coherencia total entre su doctrina y su
vida; de ahí su autoridad, que emanaba de su persona y suscitaba discípulos. Y
los del testigo, es decir, persona que tiene conocimiento directo de una cosa:
testigo de un amor total, infatigable, tangible, a Jesucristo, Sumo Capitán y
rey nuestro. Celo por su causa, infatigable, toda su vida fue una brega
continua. Testigo de un amor oblativo, a costa de sí mismo, concretado en una
entrega incondicional a los demás, en no poseer ni un minuto de tiempo para sí.
Abnegación, que fue en él disciplina, aprovechamiento del tiempo, preocupación
por los demás, desaparecer a sí mismo en todo, no crear necesidades, no profesar
ni una queja. Testigo de un amor paciente en la lucha implacable contra sí
mismo, forjando su carácter lleno de contrastes.
Y sobre todo fue un Padre, un buen pastor
que entrega su vida. Sus preferencias de pastor se las llevan los jóvenes, en
cuyos corazones -decía- duerme un conquistador. Les consagró casi la totalidad
de su tiempo. Con ellos fue el educador que aunaba "la firmeza de un padre, la
ternura de una madre, la abnegación de un maestro, el celo de un sacerdote y la
paciencia de un santo" (Forja, p. 71). Pretendió una formación integral
(espiritual, doctrinal, humana), fundamento recio de una vida cristiana sólida,
madura y santa. El Siervo de Dios ha sido un guía y pastor de almas infatigable
tal y como soñaba desde sus años de noviciado en Bélgica: "tratándose de salvar
almas -escribió a una de sus hermanas- al sacerdote de Jesucristo todo le parece
poco".
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