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Un acontecimiento de inusitada relevancia y de universal alcance tendrá lugar el 8 de diciembre de 2005: la celebración de los 40 años de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. Un acontecimiento que anuncia a todos los pueblos y naciones el mensaje de salvación que Jesucristo ha traído al mundo y confiado a la Iglesia.

La convocación del Concilio Vaticano II tuvo una resonancia particular en el alma del S. de D. , que siguió con interés y apoyó con la oración suya y de sus hijos e hijas espirituales. La llamada universal a la santidad, anunciada y sostenida por el Siervo de Dios con constante certeza desde 1942, inicio de su apostolado y de su ministerio sacerdotal, fue después ratificada por la Constitución dogmática Lumen Gentium del Vaticano II.

Es fácil constatar que las fuentes de los escritos del Siervo de Dios son en gran parte los documentos conciliares y las riquezas de las enseñanzas de los pontífices en cartas y encíclicas, discursos y homilías. El Siervo de Dios ha sabido, con una exposición profunda y con una exquisita fidelidad sin fisuras, dar fuerza de actualidad a la doctrina de la Iglesia y ha reclamado particularmente las enseñanzas pontificias y conciliares en temas sobre la familia, la cultura, la educación, el trabajo o la amistad, realidades a las que el cristiano – escribe el P. Morales – debe dar singular preferencia para construir la civilización del amor presagiada por Pablo VI al clausurar el Año Santo (31.12.1975) y tan suspirada por Juan Pablo II.

Acercarnos, pues, a los escritos del Siervo de Dios – fruto también de su experiencia y vivencia personal – nos acercará más no solo a su espiritualidad y a su mensaje, sino a conocer y a amar a Cristo y a su Iglesia; a penetrar en el misterio del ser humano; a encontrar medios y modos para evangelizar las realidades temporales, para vivir y difundir por todo el orbe el mensaje dado por Cristo a su Iglesia, para formar laicos coherentes con la fe recibida en el bautismo.

«La primera realidad temporal es la familia ... pues es la “célula primera y vital de la sociedad” porque “el Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana” (Apostolicam Actuositatem, 11). Una nación en germen, eso es la familia. Embrión de una patria que vive del pasado cara al futuro. En ella, “la nación encuentra la raíz natural y fecunda de su grandeza y poderío” (Pío XII, 1.6.1941). Es además ... la Ecclesia doméstica del Vaticano II. Juan Pablo II se erige en paladín de la familia. La defiende y bendice lleno de gozo cuando habla. Con gestos y palabras la alienta siempre, pues “el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia” (29.11.1980). Nos alienta a todos a defenderla con decisión. No se detiene ante los obstáculos. Nos propone sin miedo el objetivo. Rezuma valentía y confianza ante la poca fe del que lo crea irrealizable. “Es necesario – afirma – que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (15.9.1980)» (T. Morales Pérez, Hora de los laicos, Madrid 1985, p. 332s.).

«En el catálogo que se hace de las realidades temporales no se suele incluir la amistad, ese cielo anticipado en que las almas elevadas se encuentran con Dios, principio y fin de toda verdadera amistad. Y, sin embargo, la chispa del amor que salta en la amistad es la que da calor humano a las restantes estructuras profanas en que el hombre vive envuelto a su paso por la tierra: trabajo, cultura, enseñanza ... La amistad te proporciona el medio para llevar a los demás, en tu vida, profesión, estudio, trabajo, la verdad que posees. Aprópiate el mensaje del Vaticano II a los científicos: “Felices los que poseyendo la verdad la buscan más todavía, para renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás” ... La amistad sencilla y espontánea que nace en el trato diario en la escuela, mina, cátedra, laboratorio despierta la fe en los corazones dormidos» (T. Morales Pérez, Hora de los laicos, Madrid 1985, p. 347s.).

«El amor que une a los seres más queridos en la intimidad de la familia irradia espontáneo en la amistad ligando corazones, y se hace después alma que vivifica y fecunda la tercera realidad temporal que el laico tiene que evangelizar: la enseñanza ... Bautizada la enseñanza, cristianizada la educación, las demás realidades temporales, incluso la familia, acaban impregnándose del Evangelio. Inyecta en la juventud, y a la larga en la vida de toda una nación, los principios espirituales que, superando el egoísmo, hacen florecer ese amor a los demás sin el cual la sociedad se desmorona ... Educar es desarrollar armónicamente todas las facultades específicamente humanas del discípulo. Es enseñar a pensar hondo, a querer con eficacia, a amar con intensidad. Es cultivar también el cuerpo educando según el antiguo adagio: mens sana in corpore sano. La educación abarca pues, “todo el ámbito de al vida humana sensible y espiritual, intelectual y moral, individual, doméstica y social” (Pío XI)» (T. Morales Pérez, Hora de los laicos, Madrid 1985, p. 396s.).

 

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